Desde el 19 de septiembre, el volcán “Cumbre vieja” de La Palma expulsa lava y ceniza, toxifica el aire, hace retemblar la tierra e inunda las vertientes por las que derrama sus coladas de unas lenguas de lava que, al solidificar, levantan masas de más de veinte metros sobre el paisaje urbano y agrícola que existía antes del estallido.

Más allá de la belleza natural, y de la grandiosidad de una naturaleza viva, la reactivación de este volcán, es un reguero de devastación irreversible para los habitantes de las casi 1.000ha afectadas, que han visto desaparecidas sus viviendas, negocios, escuelas, parroquias, parques, carreteras y, eso, para siempre.

Y quiero detenerme en la condición “irreversible” de los daños del volcán, porque me parece que es una de las claves que nos pueden ayudar a pensar más allá de lo que está ocurriendo, y a considerar el hecho de que, en la vida de cualquier ser humano se pueden dar situaciones dañiñas, lesivas, lacerantes, que, sí o sí, son irreversibles.

Que la naturaleza arrase y devaste no nos resulta extraño: inundaciones, tifones, temblores, incendios… Todos estos y otros fenómenos destruyen cualquier paisaje o modo de vida anterior a su llegada y, en ese sentido, el daño que infligen es irreversible. Ahora bien, pasada la tragedia, uno regresa a aquel lugar en el que estaba su casa o su negocio; allí donde había tejido los lazos de una historia familiar y, sobre la devastación, ve, aún débil, deprimido y sin fuerzas, el suelo sobre el que volver a levantar una nueva historia.

Ocurre con este volcán, como con otras situaciones de la vida (enfermedades crónicas o mortales; discapacidades; pérdidas; traiciones…) que son irreversibles de una manera radical (pasividades de disminución, Teilhard dixit). No es posible limpiar la lava o retirarla; ha llegado para quedarse y destroza cualquier posibilidad de “volver a empezar”. No hay nada que hacer allí; es más, ese “allí” ya ni siquiera es reconocible; está sepultado junto con todo lo demás bajo una montaña compacta.

El asunto es cómo situarse ante esa montaña de destrucción; cómo continuar cuando nada se puede hacer. Cómo no dejarse destruir personal, familiar o profesionalmente. Cómo no darle la oportunidad al revés irreversible de la vida -a la lava del volcán-, de marcar el ritmo del futuro en clave de muerte y destrucción. Cómo hacer crecer personal y colectivamente una dinámica de vida y no de muerte. “Resistencia y sumisión” lo tituló Bonhoeffer, y “ambas han de coexistir y ser practicadas con igual decisión”. La fe nos exige esa actitud flexible y viva.

Junkal Guevara

Fotografía: Eduardo Robaina, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons